Gritos de guerra alternativos

CELIA GARCÍA VIDAL.- Iba sentada a mi izquierda, como no podía ser de otra manera, en el asiento trasero. Como todas las mañanas, repasando la lección en alto y sonaba Alsina de fondo. Huele a frío, el pelo a café y tostadas y a vestigios de motor de coche por el acelerón de la rampa del garaje. –Baja la calefacción, mamá­–. Dice en una pausa de su recital. Hoy, ella va a clase. Yo no.

Yo puedo no ir porque la asistencia a clase es un 100%. Un 50% me da igual a mí y el otro 50% le trae al fresco al profesor. Pero ella no puede saltarse ni una hora; el otro día fue con 38 de fiebre. Si falta perderá el ritmo, y a día 26 de octubre aún no sabe cuál va a ser su prueba para acceder a los Estudios Superiores. Y yo no voy a clase, pero voy a la Facultad, porque una cosa es que no quiera calentar mi asiento en el aula, y otra que no quiera calentar el de la Redacción, conocida por el resto de carreras como ‘cafetería’.

No hay demasiada gente por los pasillos, todos hacen huelga para ir a la manifestación o para quedarse en la cama. Mi hermana, Isabel (hasta ahora no la había presentado), se queja, pero no va a la manifestación. Ni ella, ni sus compañeros, ni sus profesores. Porque está en un colegio privado e ignora que lo se le viene encima va mucho más allá, porque irá a una Universidad Pública. Las reválidas le afectan, los cambios en educación le afectan. Tienen tiempo de quejarse pero no de manifestarse. Confían en que los gritos de la vox populi y en Representación Estudiantil, Comisiones Obreras y todos los que más adelante harán el recorrido por antonomasia en las manifestaciones por la Educación en Valladolid, surtan efecto.

Son las 12 del mediodía y a y media empieza la manifestación. Estoy en la puerta de la Facultad de Filosofía y Letras esperando a que Marta salga de la biblioteca para ir a  la Plaza Mayor, nuestra intención era coger la movilización en su origen, pero llegamos tarde y nos unimos en la Plaza de Fuente Dorada. En cosas de estas siempre acabamos mezcladas con los radicales y no sabemos por qué, pero no nos gusta un pelo. Escuchamos los cánticos, obsoletos, nada innovadores, los mismos que cantábamos cuando empezamos a ir a manifestaciones con 15 años.  Pero los seguimos, porque en una manifestación se sigue la masa. Algunos nos parecen fuera de lugar.

Un grupo de niñas que lleva la bandera republicana, probablemente se hayan equivocado de manifestación, canta con voz de pito e irritante: “¿Dónde están?, no se ven, ¡los niñatos del PP!”.  Y nosotras pensamos, claro que no se ven, están de acuerdo con muchas de estas reformas, pedís respeto y exigís vuestro derecho a manifestaros, entonces, ¿por qué no respetáis el derecho a no manifestarse y no hacer huelga de aquellos que no quieren hacerlo? Hipocresía cantada, fuera de lugar, que confunde al transeúnte miope que no alcanza a leer las pancartas. Algunas se camuflan entre banderas negras con el símbolo anarquista y otras de colores con el arco iris del orgullo.

Progresismo no leído e invidente, que ensucia el que habla calmado, pero se le escucha alto. Los nuevos alternativos que no aparcan la bici y la llevan con ellos porque ser de izquierdas es sinónimo de ser ecologista y los de derechas que quemen crudo que es imposible saberlos de otra manera. Y la manifestación sigue y, ¡sorpresa! Alguien tira un señor petardo. No tenemos cámara, no tenemos batería en el móvil (como siempre), no vamos a poder demostrar que hemos estado ahí. Así que respiramos profundo. Huele a Navidad.

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