¿A cuántas más tienen que matar?

Clara Bort / Sara del Castillo / Aitor Ferrero 

Fuente Dorada estaba más o menos en silencio. Hasta que retumbó una voz de mujer al grito de: “¿A cuántas más tienen que matar?”. Entonces, la gente lo entendió, comprendió por qué era necesario este 7N un año después de que una multitudinaria marcha, de más de medio millón de personas, abarrotara las calles de Madrid en la mayor manifestación contra la violencia machista de la historia de España.

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Manifestación en Fuente Dorada para condenar la violencia machista y exigir que sea cuestión de Estado / Fotografía: Sara del Castillo

Poco antes de las 20.00 horas, por la plaza sólo caminaban los transeúntes propios de una tarde de noviembre, guarnecidos por abrigos y bufandas que, curiosos, se fijaban en las personas que, convocadas por la Coordinadora de Mujeres de Valladolid, iban llegando al lugar. Hombres y mujeres –aunque con una mayor presencia femenina– que, en su mayoría, llevaban a sus espaldas más de medio siglo de vida, ocuparon la plaza durante cerca de 30 minutos. La capital castellano y leonesa se sumó a la lista de ciudades que participaron en esta manifestación estatal que conmemoraba el primer aniversario del siete de noviembre original. 

Con el mercurio rebasando los cero grados y tras varios intentos de colocarse en el mejor lugar para la foto –a demanda de los fotógrafos– se formó un círculo muy respetuoso. Sí, respetuoso, de esos en los que la gente se coloca sin bullicio porque el tema lo exige. Unas cincuenta personas lo componían, entre ellos algunos políticos de la gauche provinciana. José Sarrión –elegido hace un mes coordinador de Izquierda Unida en Castilla y León y procurador en las Cortes– y el concejal de Urbanismo de Valladolid por la misma formación, Manuel Saravia, hicieron acto de presencia.

También estuvieron Victoria Calzada, representante del PCE en Valladolid y Victoria Soto, concejal de Educación, Infancia e Igualdad. No acudieron al encuentro representantes del Partido Popular o de Ciudadanos.

Dos pancartas violetas —el color que numerosas corrientes feministas asocian a la mujer— se desplegaron mostrando el lema que llevaban escrito. En una se podía leer ‘El machismo asesina’, acompañado del hastag #CuestiondeEstado, mientras la otra rezaba ‘Ningún agresor sin castigo’. Dos mujeres, de alrededor de sesenta años, se turnaron para leer un manifiesto en el que, palabra tras palabra, se respetó el silencio.

Las agresiones sexuales de gran cobertura mediática producidas este año, en especial la perpetrada contra una joven durante San Fermín por cinco hombres marcaron el discurso de las representantes de la Coordinadora de Mujeres local, si bien no hicieron alusión a ella explícitamente. El colectivo tachó al Gobierno de “insensible” y pidió “un acuerdo que tenga en cuenta el Convenio de Estambul para que estén reflejadas todas las formas de violencia contra las mujeres, incluidas las agresiones sexuales”.

Apelaron a las cifras, recordando los 85 asesinatos en lo que va de año y que cerca de un millón y medio de mujeres ha sufrido alguna vez violencia sexual. También aprovecharon para pedir la derogación de la LOMCE “porque consolida una educación sin igualdad y sigue amparando la discriminación de las mujeres”.

La lectura de los folios avanzó demandando a los poderes públicos “que respondan a esta nueva conciencia social y habiliten las partidas presupuestarias suficientes para combatir la violencia de género, que en los últimos 6 años se ha reducido un 8 %”. En definitiva, las peticiones pasaron por que el Estado castigue la lacra machista, que se eduque desde la igualdad y que los medios contribuyan a generar un nuevo clima informativo evitando el sensacionalismo y el lenguaje sexista. 

Terminó la lectura con un estruendo de aplausos. A pesar de no haber muchas manos, hicieron más ruido que 500, porque a todo el mundo le duele. Le duele a la mujer de setenta años que sostiene la pancarta y le duele a la chica de catorce que va con su madre, las dos con un cartel que condena la violencia. Le duele a un hombre que tiene el semblante serio, y también le duele a un chico que está con su novia, una pareja joven que permanece un rato de la mano y sólo la suelta para aplaudir.

Tras el agradecimiento a todos los que acudieron, las coordinadoras hicieron una nueva llamada para condenar esta lacra, esta vez el próximo día 25 de noviembre. La gente se fue quedando en pequeños corros, hablando entre ellos. José Sarrión, a quien debajo del abrigo se veía una acertada y representativa camisa morada, charlaba con unos militantes acompañándose de las manos para dar fuerza a su discurso. Saravia, fiel a su estilo, estaba más centrado en escuchar y lo hacía con el mano en la barbilla y mirando al suelo, con el aire reposado y sereno que caracteriza al teniente de alcalde.

Acabó la cita. El balance se resumió en pocos políticos y casi nula cobertura mediática, pese a la petición de que la violencia de género sea una cuestión de Estado.

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