Del bipartidismo a la gran coalición

Ignacio Pérez Pagador

Tras un par de años donde todo parecía indicar que el bipartidismo se acababa con la irrupción en tromba de Podemos y Ciudadanos en el panorama político nacional nos encontramos hoy con un desenlace que, realmente, no ha podido ser más irónico. El bipartidismo se acaba, sí, parece diluirse como una balsa de aceite usada en la sangre nueva de los jóvenes partidos emergentes, pero no en pos de una democracia más rica y con un mayor abanico de posibilidades sino en pos de una única y gran coalición inapelable.

La vieja izquierda, personificada por el Psoe, terminó cediendo tras encontrarse en una difícil encrucijada a la que se habían conducido ellos mismos: o investir presidente a Rajoy o ir a unas terceras elecciones donde probablemente el poder del candidato popular quedaría aún más reforzado. Desde la gestora, los socialistas coligen que es necesario que España tenga un gobierno y salga del bloqueo mientras que desde el PP argumentan que ganaron las elecciones y que, por democracia, deberían gobernar.

En efecto España necesita un gobierno, pero no un mal gobierno. Con un partido que tiene prácticamente media plantilla en los juzgados y con indicios de que la organización se financiaba de forma irregular, uno se pregunta si no es verdad lo que asevera Alberto Garzón de que, como España necesita un gobierno y les vale cualquiera, podrían haberle dado la investidura a Al Capone.

Por su parte, el PP ganó las elecciones, cierto, pero no obtuvo mayoría. Mientras que los populares lograron cerca de 8 millones de votos, en torno a 15 millones de españoles votaron por una alternativa a Rajoy. Las democracias se mueven por mayorías; por ello, la mayoría que no se logra en las urnas se debe buscar en el Congreso, mediante alianzas, algo que, ni mucho menos ha hecho el señor Rajoy, a quien parecía que fueran los demás partidos quienes tuvieran que investirle presidente.

Sorprendentemente, la estrategia ha funcionado: el Psoe, que hace un año se denominaba “el partido del cambio”, ha terminado cambiando sus ideales para que nada cambie y ahora, con la izquierda fuertemente tocada, queda por ver si Podemos se convertirá en un verdadero contrapoder a modo de clavo oxidado para que la bota del poder tema pisar con demasiada fuerza o si se convertirá en una hormiguita indefensa, aplastada por la implacable suela del nuevo orden.

 

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