Aquellos que se ahogan porque nadie los mira

Sandra Fernández

Será porque de pequeños nos enseñan a no recoger las golosinas del suelo que huimos de la realidad que nos disgusta. Porque eso no se toca. Eso no se dice. O se dice a medias. Se dice, por ejemplo, que la ONU habla ya de 3.800 personas fallecidas este año en el Mediterráneo. Millares de cuerpos latentes todavía en el fondo de un mar custodiado por leyes aprobadas por mayoría de injustos. Documentos elaborados por gobernantes de gran reputación que han llegado a una conclusión aplastante: puede que en su casa, no; pero, aquí, tampoco.

Empieza así a funcionar la conciencia. Ese despertar al sueño y no dormirse. Intuir de forma fugaz el sonido de los gritos silenciados por el agua. Oler la sal. Respirar hondo y notar el barro en los pulmones. Empieza la manía tonta de cambiar de canal y pensar en otras cosas. Pensar en no pensar. Para algo nos han entrenado.

Lo malo de la conciencia fingida es que tiende a lo efímero. Empiezan entonces las quejas. Porque vaya pesados los voluntarios de las ONG´s que nos paran por la calle. Con la de prisa que tenemos. Lo ocupadísimos que estamos. ¿Hoy en la tele qué echan? Nos han entrenado tan bien y con tanta delicadeza a no sentir que cuando la máquina falla y el pecho se queja nosotros culpamos al que solloza y no al que ha decretado la pena de muerte por llorar.

Por instinto, acabamos por caer en la autocomplacencia. En el hacemos lo que se puede. Porque no podemos salvarlos a todos. Que los salve otro. Y fíjate si nos han entrenado bien que no se nos ocurre pensar en que tal vez podríamos hacer algo más que encogernos de hombros. Porque manifestarse es de antisistemas y votar no sirve de nada, si son todos una panda de ladrones. Y la crisis, que menos mal que la cosa mejora, el hijo arquitecto del vecino gana una pasta de camarero en Berlín.

Pero será que de pequeños acabábamos por recoger las golosinas del suelo cuando nuestros padres no miraban, será por el cansancio. Será por lo que sea, pero leemos que 90 inmigrantes han desaparecido ayer en las costas de Libia y sólo los monstruos serían incapaces de no pensar: parece que en su casa, no; pero, aquí, ¿por qué tampoco?

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