¡Vil pecado el de sobrevivir!

Alba Oliveros Sanz

No viajan solos. Vienen acompañados de la maleta más pesada, guardiana de recuerdos dolorosos como el de un padre fallecido en un bombardeo o una hija asesinada por Boko Haram. Y pese a ello, se sienten afortunados, esperanzados y con ilusión por la que será su nueva vida. Una vida que creen próspera. Un trabajo, un hogar en una Tierra Prometida que paradójicamente incumple su deber y que invita a replantear la apatía cruel de una sociedad egoísta. Llevan semanas, meses e incluso años huyendo, arriesgando una vida que prefieren perder antes de proseguir deambulando en el infierno.

Nos llenamos la boca de alardes, las manos de textos que exaltan la equidad y la justicia pero no son más que palabras huecas. La realidad es muy distinta. Habitamos en una sociedad de estereotipos, de generalizaciones injustas y de descripciones falsas que han amilanado a una población ni siquiera empática cuando hay vidas en juego. Atendiendo a datos del ACNUR, a finales del año 2014 el número de personas desplazadas forzosamente ascendió a 59,5 millones a nivel mundial. De esa cantidad, casi 20 millones son refugiados, de los cuales cuatro proceden de Siria.

Desde el inicio de la crisis, Europa se comprometió a acoger a 160 mil sirios entre sus fronteras en un plazo de dos años. Ha pasado más de uno y tan solo ha albergado un 7% de lo prometido. Una cifra exigua que evidencia una dejadez extrema y una indiferencia evidente. Y es que 365 días después, la humanidad parece haber olvidado a Aylan Kurdi. Sí, el niño sirio aquel ahogado en tierras turcas que inundó los corazones de lágrimas y abrió los ojos de millones de personas que ahora han vuelto a cerrar.

Aquellas conciencias removidas y miradas sobrecogidas han durado un destello, lo que un helado al sol en una tarde de verano. Con la producción de ‘Astral‘, Jordi Évole ha intentado despertar de nuevo a una multitud inexorable. Con todo, ver a personas a bordo de dinguis, engañadas y utilizadas, buscando una luz en medio del desértico mar, no interesa. Total, nos separan miles de kilómetros de distancia y aquí ya hay una crisis a solventar, unos políticos que condenar y un gobierno por formar.

Fronteras blindadas, levantamientos de muros y vallas bajo el lema ‘que los ayuden sus países’ ha sido el bagaje de un miedo infundado y una sinrazón preocupante, consecuencia de una guerra tejida en Occidente. Acompañados de retahílas sin criterio, fuentes de pestes y terrorismo, objetos de recelos y convencionalismos, buena parte de la ciudadanía rechaza a un colectivo que lo único que busca es huir de un futuro oscuro, incierto; de una guerra no buscada sino impuesta y de un país que no han escogido. ¡Vil pecado el de sobrevivir!

Dejémonos, por favor, de habladurías pueriles y absurdas y aprendamos a ver, a oír y sentir a quien tenemos al otro lado. No cometamos el repetitivo error de desdeñar el pasado y obviar el presente. Los actos de la humanidad se erigen en el retrato de una Historia que continúa pintándose con colores turbios. En nuestra mano está cambiar de paleta.

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