Trump se agarra a la presidencia caiga quien caiga

Natalia Martín García

Hoy por hoy todo el mundo está al tanto de la situación política en la que se encuentra Estados Unidos. La campaña electoral de ambos candidatos a la presidencia está teniendo, como no, un eco internacional en el que priman los escándalos. Los medios de comunicación siguen cada paso que dan Clinton y Trump para mantener a la opinión pública informada, y sobre todo, están al tanto de las conocidas como “crisis en las campañas electorales”, que, al fin y al cabo, es lo que vende.

Uno de los últimos golpes a los que ha tenido que hacer frente el candidato republicano Donald Trump ha sido la publicación por The Washington Post de una grabación del año 2005, en la que el aspirante a la presidencia realiza comentarios obscenos sobre mujeres. A pesar de que ha causado gran revuelo, no es la primera vez que Trump es acusado de machista y de hacer comentarios misóginos.

Desde que el empresario republicano comenzó a ser un personaje público, son muchas las críticas que han levantado a la opinión pública. El periódico Huffington Post ya resaltaba desde el año pasado, las palabras que tenía el líder contra las mujeres y los hispanos.

La cuestión es, ¿cómo una persona que, a través de sus palabras, se declara de forma abierta homófobo, machista, violento y racista, puede presentarse como candidato a gobernar un país? Sí, la constitución americana afirma que “cualquier ciudadano norteamericano puede ser presidente de los Estados Unidos” pero, ¿a qué precio?

Tras la publicación de la grabación que ha puesto patas arriba el último tramo de la campaña del partido republicano, Trump continúa como cabeza de partido, mientras que el presentador Billy Bush, con el que mantuvo la conversación, se ha topado con el fin de su carrera. Unas medidas que llevan a preguntarse ¿cómo es posible que un mismo acto tenga consecuencias tan diferentes?

Pregunta, sin duda, que se quedan en el aire mientras Estados Unidos y el resto del mundo permiten que personas con tanto odio y prejuicios puedan llegar a la Casa Blanca. Seamos claros, si un candidato a la presidencia lucha por buscar el progreso de un país con la maquiavélica premisa de “el fin justifica los medios” no nos engañemos, no hablamos de progresión, sino de una decadente regresión.

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