El emperador y sus locuras

Isabel Romero

Hoy me he levantado por la mañana de muy mal humor. Con el pie izquierdo vaya. Ha sido uno de esos días en los que piensas que el mundo está contra ti y que todo te sale mal. No das pie con bola. Luego me he parado un momento y, si lo pienso, en realidad hay personas que están peor que yo, pero muchísimo peor. Entonces me he puesto a leer las noticias y me he topado con el señor Pedro Sánchez, y he pensado, ¡cómo tendrá que estar ese hombre después de la que ha liado!

No hace falta echar la vista atrás para darse cuenta de la profunda crisis en la que está sumido el partido socialista, o ¿quizás si? Desde hace un año o incluso más algunos atrevidos ya empezaban a hablar de crisis interna en el partido de izquierdas y, otros tantos, asociaban el término al entonces secretario general y a su “forma de liderazgo y dirección”.

Evidentemente este problema que se venía incubando en el grupo político no ha sido tan palpable hasta que no ha explotado, pero como la mayoría de conflictos vaya. Los diecisiete dimisionarios que no compartían los incoherentes deseos de Sánchez de querer formar un Gobierno sin apoyos fueron los que detonaron la bomba que se estaba fabricando poco a poco y que, obviamente, acabó por explotar.

Este “final feliz” me parece hasta lógico y normal después de la idea tan descabellada que tenía el cabecilla en un contexto como el que se les presentaba. Me refiero, ¿Cómo pretende llevar al liderazgo a un partido que no para de perder escaños, a nivel, ya no solo general, sino autonómico –como sucedió en Galicia y en el País Vasco- y que no para de perder apoyos incluso por parte de los suyos? Es que no me entra en la cabeza. Incluso la mismísima Susana Díaz acabó manifestando su postura y habló de la imposibilidad –yo más bien lo denominaría locura- de gobernar con 85 escaños.

Menos mal que esta vez ha sido mejor el remedio que la enfermedad y que, como decía Jáuregui, aquí debía prevalecer el pensamiento frente al sentimiento. La coherencia vaya, pero coherencia tanto para el propio partido, ya por su propio bien, como para el bien de los ciudadanos que, a fin de cuentas, somos los que siempre pagamos el pato.

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