El bueno de Arturo

Artur Mas está acabado. Esa es la principal consecuencia que nos dejaron las anteriores elecciones del 27-S  a la presidencia de Cataluña.

Pero no lleguemos a la errónea conclusión de que esto se debe al resultado de las elecciones pasadas. El hecho de que el bueno de Artur esté acabado antes de tiempo se lo ha buscado él solito desde hace varios años, cuando empezó su movimiento independentista. Podemos pensar que inició el proceso por ideales políticos, o porque de verdad creía que una Cataluña sin España iba a ser mejor, pero nada más lejos de la realidad.

Artur, muy listo él, vio allá por el año 2011 que no podría con la crisis económica que afectaba a todo el país, que esta acabaría hundiendo su barco, que su tan ansiado poder se le iba a escapar de las manos por culpa de la economía. Al darse cuenta de que sus políticas iban a ser un fracaso y de que se acababa su cuento de hadas decidió tirar la bomba de humo más grande en lo que llevamos de democracia y realizar una huida hacia delante.

El ingenioso plan de Artur consistía en distraer a los catalanes de su mal gobierno y echar la culpa de todo a España, en distraer a los demás partidos políticos de sus nefastas medidas económicas, en distraer a sus compañeros de partido de su falta de liderazgo.

Y funcionó, solo se hablaba del proceso independentista, no se hablaba de que Cataluña lideraba la destrucción de empleo, no se hablaba de las inútiles acciones que se tomaban contra la crisis, no se hablaba de su distanciamiento con Unió Democrática y su líder Durán i Lleida.

Solo se hablaba de independentismo, y del proceso, y de los pactos necesarios y de la nueva forma de gobierno y de la consulta; pero poco a poco esa cortina de humo se fue disipando y finalmente saltaron a la palestra todos sus problemas y carencias.

Y ahora, el bueno de Artur se ve al borde del precipicio, un precipicio al que ha llegado él por propia voluntad, un precipicio en el que está tras haber destruido su partido y unirse a Esquerra, sus enemigos políticos de siempre, un precipicio hacia el cual ha arrastrado a toda Cataluña con unas supuestas elecciones plebiscitarias en las que ha fracasado, en las que se ve obligado a pactar con un partido antisistema que no lo quiere en el poder y que va en contra de todo excepto de la independencia. En definitiva, un precipicio de engaños, mentiras y corrupción en el que dentro de poco el bueno de Artur va a acabar cayendo.

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